No se puede describir con palabras lo que siento por mi abuelo León. Él siempre ha estado a mi lado, incluso en épocas en las que no le he visto todo lo que me hubiera gustado, siempre ha preguntado por mí.
De pequeño, me llevaba y me traía al colegio de la mano y los martes y jueves, me acompañaba hasta el gimnasio donde hacía Judo con mis hermanos. Y los fines de semana, nos llevaba de paseo a los columpios. Me acuerdo como si fuera ayer, cuando nos llevó a “la era” con mis primos y nos enseñó a cazar grillos, a reconocer los almendros dulces de los amargos y a buscar espárragos. Con mi abuelo, en el pueblo he ido a quitarle las uvas al guarda, a buscar cardos, a por agua al pozillo, a corretear entre el trigo y a observar las estrellas.
Mi pobre padre ha trabajado mucho, como un borrico y de niño no le veía casi nada, solo un rato por la noche y la mayoría de las veces venía con la correa en la mano (y nunca sin razón). Yo a mi padre no le he aprendido a querer hasta que no he tenido uso de razón y he visto como se dejaba la piel para poder traer el sueldo a casa y como llegaba cansado y magullado a casa. Mi madre la pobre tampoco podía ayudarme con los estudios y realmente me iba mal en clase y es que me aburría enormemente, así que pasaba de hacer las cosas y me dedicaba a jugar, de hecho, me tiraba todo el año a mi bola y sacaba todo en septiembre (porque mi padre se tiraba todas las mañanas del verano conmigo).
Pero allí estaba mi abuelo León. Con él aprendí la tabla de multiplicar (muchos fueron los días y las horas de recital), leía cuentos y escribía en los cuadernillos “Rubio”, mi abuelo ha sido el único que ha conseguido que me pusiera a estudiar, ¿Cuánto no le debo?, a mi abuelo León yo le he querido más que a mi padre.
Durante la adolescencia, esa etapa en la que no nos aguanta ni nuestros padres, siempre le he tenido cerca, nunca ha resuelto ningún problema por mí, pero siempre me ha indicado el camino para resolverlos para luego estar pendiente en cada momento de cómo los iba resolviendo. Siempre preocupado por cómo me iba en clase, contento cuando estaba saliendo con alguna chica y la mano en el hombro en los fracasos.
Mi abuelo León y mi abuela Ramona, siempre han vivido con lo justo, ahorrando hasta el último céntimo, para poder hacernos un regalo en los cumpleaños y para poder ofrecer a la familia una comida y una cena abundantes durante las navidades. La dedicación de ambos para sus hijos y nietos han sido absolutas, ninguno podemos echarle nada en cara, porque siempre que se les ha necesitado ahí han estado. Por todo ello, les estoy agradecido.
El 14 de marzo, tras recuperarse de un infarto, me fui con él a pasear por el parque. Estuvimos hablando, nunca dudé que mi abuelo me quería mucho, pero si hubiera existido la más minima duda, quedó totalmente fuera de lugar. No sabría como explicarlo, pero la situación, el momento, cómo me hablaba… era una despedida y a pesar de todo, él seguía pensando en mi bienestar y me contó aquello que más deseaba para mí. Desgraciadamente no he conseguido cumplir su deseo (me hubiera gustado darle esa alegría).
El pasado domingo día 16 de Agosto de 2009, a los 82 años y tras seis meses luchando contra una neumonía, su cuerpo ya no pudo más. Estos días (en especial el día de su entierro) se han sucedído los comentarios del tipo “El Javi es de la manta de arriba”, “Es igualito que su abuelo”, “Es como León de Joven”… Personalmente me siento muy orgulloso ¿Cómo no podría estarlo? pero ya me gustaría a mí llegarle a la suela del zapato a mi abuelo.
Por mi abuelo, en su momento, he hecho todo lo que ha estado en mi mano. Ahora es mi abuela paterna, mi padre, mi madre, mi tía y mis dos abuelos maternos los que me necesitan.
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